El aumento de la longevidad es una realidad que ocupa cada vez más espacio tanto en el debate científico como en los medios de comunicación. Detrás del incremento de la esperanza de vida en el último siglo hay una historia de progreso que comenzó mucho antes del desarrollo de la medicina moderna. Aunque vivir más años se suele atribuir a la tecnología sanitaria y al uso de fármacos, sus raíces se encuentran en sucesos más sencillos, como la potabilización del agua y la construcción de las redes de alcantarillado. Fueron las primeras medidas de Salud Pública y marcaron un antes y un después en la supervivencia de la población.
La consolidación de los hábitos de higiene supuso un paso más. Un gesto tan simple como el lavado de manos redujo de forma drástica la fiebre puerperal, una de las principales causas de mortalidad durante el parto en el siglo XIX. Y culminó con una alimentación más completa, la aparición de las vacunas y, ya sí, los avances médicos.
Longevidad en aumento: superar un récord
Las historias de personas centenarias despiertan un enorme interés. Y es que reflejan hasta dónde puede llegar la longevidad humana. En agosto de 2024, falleció la española María Brayas, considerada hasta entonces la mujer más longeva del mundo. En diciembre del mismo año, murió la japonesa Tomiko Itooka a los 116 años. La sucedía en el ranking la monja brasileña Inah Canabarro, que falleció en abril de 2025, tras alcanzar la misma edad.
Recientemente, los medios se han ocupado de José Flores, un costarricense de 119 años. La veracidad del nacimiento está por acreditar, pero el proceso se ha iniciado. De ser cierto, sería la persona que, hoy por hoy, más se acerca al récord reconocido. Que no es otro que el de Jeanne Calment. Y es que esta francesa, nacida el 21 de febrero de 1875, vivió 122 años, 5 meses y 14 días. Nadie ha superado aún ese récord.