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Despedidas sin abrazos ni besos: qué tristeza

Despedidas sin abrazos

Las despedidas sin abrazos ni besos son hoy usuales. Quien muere no tiene cerca a los suyos; su última imagen es gente cubierta con un material de protección que, las más de las veces, es escaso. La situación es muy dura. Hay que llorar solos la pérdida del ser querido; sin ánimos ni apoyos cerca. Las medidas de distanciamiento impiden el calor humano. Pero son indispensables; el contagio por coronavirus no se detiene sin el confinamiento de la población. El lado más cruel es que nos despoja de nuestra dimensión social.

Si sobrevivimos como especie es gracias a los demás. Los humanos nos necesitamos; no solo al nacer, sino a lo largo de toda la vida. Porque, aunque se suele olvidar, somos seres vulnerables. Y los momentos más difíciles lo ponen de relieve. El contexto se describe con términos de guerra. Batalla, lucha y armas contra el enemigo que no se ve. Invisible, si, pero más poderoso que la sociedad del siglo XXI, tan avanzada y tecnológica. La solución pasa por quedarse en casa; no hay duda de eso. Las ciudades se quedan vacías. Y es que, hoy por hoy, es la única defensa que existe.  

El coronavirus impone las despedidas sin abrazos

 

Los efectos de la COVID-19 se infravaloraron desde el principio; incluso por la propia OMS. Y deja ya miles y miles de víctimas en todo el mundo. Las decisiones no son sencillas de tomar. Se quiere evitar la alarma. Hay llamadas a la prudencia y la responsabilidad. Sin embargo, no es suficiente. La curva de contagios asciende veloz. Y las medidas a seguir son cada vez más drásticas. La magnitud del daño es enorme. Mientras tanto, el radio de acción del virus se amplía a un ritmo de vértigo. De Asia pasó a Europa, que no recuerda que es una comunidad con un interés común. De ahí, llegó a toda América, desde el norte hasta el sur. Afecta también a África y Australia. No hay lugar del planeta que se libre de él. Y lo peor es que, a corto plazo, no se ve la salida de la crisis.